Una historia de difuntos

Leído en el acto organizado por InterPubli en la Noche de los Cuentos de Ánimas. En la filmoteca Regional de la Región de Murcia.

Se dice que al pasar por la calle San Carlos, pasadas las doce de la noche, a la altura del número dieciséis, si miras hacia la puerta de madera, verás a Vicenta sentada en la mecedora, balanceándose despacio, observando todo cuanto sucede.

Vestida con ropas raídas de algodón y lino del más absoluto negro, confundiéndose con la oscuridad de una puerta que ha sido abierta, a pesar de la luz de farola situada justo enfrente. Ella te mira con sus ojos azules, distinguibles perfectamente, y a pesar del rostro rígido repleto de surcos y arrugas, parece sonreír con agrado al paso, si la travesía que llevas es de buenas intenciones. Pero tal vez, puedas ver solo sus huesos bajo la ropa a medida que se balancea.

Del lugar del que les hablo, de calles abandonadas y derruidas por el paso del tiempo, solo quedan censadas cuarenta personas, y es un pueblo singular, pero no por mi experiencia con Vicenta.

Al abrir los ojos en la cama del hotel viendo el cartel con el nombre del pueblo, y que apenas tenía que recorrer tres kilómetros en coche para llegar, me plantó delante del acontecimiento que transcurrió en cierto momento de la historia de ese lugar. No he dicho el nombre del pueblo, es cierto, sigo la voluntad de ella, y lo reservaré para mí.

Volví en cinco ocasiones más, y nadie contaba nada. Me llevó dos años de investigación saber qué había sucedido allí y tal vez descubrir el motivo por el que, aquel lugar había quedado yermo poco a poco, incluso de gente.

Ahora sé que la abuela Vicenta tenía una nieta; una muchacha de catorce o quince años que no dejaba indiferente a nadie del pueblo, ni por su belleza ni por su desparpajo, sin embargo, nadie recordaba su nombre, y tampoco lo encontré en los informes. La hija y su marido habían muerto cinco años antes en accidente de tráfico y tocó a la abuela hacerse cargo de la cría.

El bar en el que trabajaba Vicenta, del que era dueña, terminaba recogiendo noche tras noche a los noctámbulos o desocupados del pueblo. Y más de una vez, ella sintió la impotencia de deshacerse de ellos, resultando más complicado y difícil de lo que supuso la decisión de abrir aquel local para salir adelante.

No me extenderé en detalles. El local seguía abierto cuando las encontraron a ambas. La muchacha adolescente, desnuda en el suelo, había sido violada y asesinada, y Vicenta aparecía ahorcada sujeta por una cuerda de cáñamo de la lámpara.

Las muertes sucedieron el treinta y uno de octubre coincidente con la noche de difuntos, y probablemente, la violencia de los hechos, llevó a una situación extraña, y lo que debió de ser, es decir, permanecer muertos quedándose ahí en ese lugar del que no se regresa, no sucedió, o ella no lo aceptó.

Tampoco descarto, que ella tuviese pecados desconocidos o hubiese trasgredido expiación de una vida anterior. ¿Quién podía asegurar el origen de Vicenta, su vida, vivencias, o tal vez a quien pudo conocer?

Yo les aseguro que no puedo dejar de ver sus ojos azules cada vez que cierro los míos, y que el aspecto cambiante tras la puerta, al sonido del balanceo, me provoca un desasosiego que desvela mi sueño.

Pero regreso de nuevo a la historia.

Un año después del asesinato, la misma noche del treinta y uno, apareció muerto el primero de los cuatro. Se sabe con certeza que aquel hombre había estado en el bar. Seco como una corteza de árbol, consumido y con aspecto necrosado. La explicación forense había sido que un fuego le había dejado así y luego, posteriormente, alguien le habían arrojado a la calle. No hubo fuegos censados esa noche, y al ver las fotografías ciertamente deterioradas, concluyo que las llamas no dejan la carne de ese modo. Más bien parecía momificado.

Decidí visitar los lugares arrastrado por un impulso que no podría explicar. Allí, donde apareció el primero, sentí un aire frio que me hizo subir la chaqueta sobre el cuello, y tratando de construir una escena de hechos, me encontré con un testigo curioso: una muchacha adolescente que según ella, lo vio todo. Me sorprendió que parecía saber lo que yo buscaba y la explicación que me brindo sin yo pedirla, con todo lujo de detalles, me pareció de una imaginación extraordinaria, admirable para su edad.

, me dijo la muchacha, .

No la creí, mentiría diciendo lo contrario. Me despedí de la chica y seguí recorriendo cronológicamente el siguiente lugar, la segunda de las cuatro muertes. Llegué al banco de madera, de nuevo ese frio que caprichosamente coincidía con el lugar. Allí lo habían encontrado sentado. Nada particular que pudiera indicar algo extraño, solo un banco de madera situado al lado de una calle estrecha de adoquines oscuros y desgastados, cerca de la parada de autobús.

Seguí hasta encontrarme en el sótano donde habían encontrado al tercero, con el detalle curioso de que tuvieron que romper la puerta porque estaba cerrada por dentro. Sentí de nuevo el frio glacial que recorría esta vez sin viento todo mi cuerpo, y un olor desagradable a humedad. Salí deseando terminar mi propósito y llegué a la casa del último.

Lo habían encontrado en su cuarto, acostado en una cama con un rosario rodeando las manos. Parecía esperar el suceso, y en el informe al que pude acceder, su mujer decía que su marido estaba loco y obsesionado, de ahí que durmiera en otra habitación. La señora de unos cincuenta años y aspecto huraño, no me dejó entrar, y tampoco sentí el frio casual. Al volverme decepcionado por no poder cerrar mi particular investigación, me encontré de nuevo a la muchacha.

No le pregunté su nombre, pero me dijo que se llamaba Ana. Volví a pensar que me tomaba el pelo. La fantasía y el desocupo de una persona de pueblo, que había escuchado aquellas historias una y otra vez, y que ahora se encontraba con un forastero al que poder contárselas. Llamar la atención, sin duda. Eso fue lo que deduje y comencé a andar calle arriba en dirección al coche, alejándome de la casa, hasta que de nuevo… volví a sentir el frio atravesar mi cuerpo.

Me detuve en seco, justo en el centro de aquella calle de paredes enlucidas de mortero raído y colores perdidos. Miré a la derecha, ella seguía a mi lado.

El frio que no desaparecía, y el impulso me arrastró a su juego con cierta duda. Le pregunté cómo había sucedido, y lo más obvio, cómo había podido verlo si ni siquiera habría nacido por aquel entonces.

Me miró detenidamente y me extendió la mano. Pensé que era muy mayor para cogerla de ese modo, alguien podría pensar mal, pero seguía con la mano extendida y finalmente ella… sujetó mi brazo.

Sentí como su mano me quemaba y después el fogonazo de luz me llevó a la habitación. Podía verlo acostado, temblando de miedo, rezando el Padre Nuestro con el rosario en la mano. Ella entró a pesar de que la puerta estaba cerrada. ¿Te acuerdas de esa noche?, dijo la mujer de negro. El no respondió, cerró los ojos con fuerza, seguía rezando alzando incluso la voz que yo escuchaba: Dios te salve María, llena eres de gracia… Ella hablo de nuevo: he venido por tu alma, debes pagar por lo que nos hiciste. Entonces le sujetó el brazo, y yo sentí aún más calor en el mío, notando como algo me consumía por dentro. Aguanté, pero creí que caería muerto en aquella oscura habitación, luego, cuando la vista se nublaba, todo desapareció.

La chica ya no estaba a mi lado, y comprendí que era ella, la nieta de Vicenta. Ahora sabía su nombre: Ana.

Luego sin saber por qué, o cómo tuve el valor necesario, fue cuando la visité, en el número dieseis de la calle San Carlos.

Y como recuerdo de lo sucedido, solo tengo que mirar mi brazo.

Una historia de difuntos

Leído en el acto organizado por InterPubli en la Noche de los Cuentos de Ánimas. En la filmoteca Regional de la Región de Murcia.

Se dice que al pasar por la calle San Carlos, pasadas las doce de la noche, a la altura del número dieciséis, si miras hacia la puerta de madera, verás a Vicenta sentada en la mecedora, balanceándose despacio, observando todo cuanto sucede.

Vestida con ropas raídas de algodón y lino del más absoluto negro, confundiéndose con la oscuridad de una puerta que ha sido abierta, a pesar de la luz de farola situada justo enfrente. Ella te mira con sus ojos azules, distinguibles perfectamente, y a pesar del rostro rígido repleto de surcos y arrugas, parece sonreír con agrado al paso, si la travesía que llevas es de buenas intenciones. Pero tal vez, puedas ver solo sus huesos bajo la ropa a medida que se balancea.

Del lugar del que les hablo, de calles abandonadas y derruidas por el paso del tiempo, solo quedan censadas cuarenta personas, y es un pueblo singular, pero no por mi experiencia con Vicenta.

Al abrir los ojos en la cama del hotel viendo el cartel con el nombre del pueblo, y que apenas tenía que recorrer tres kilómetros en coche para llegar, me plantó delante del acontecimiento que transcurrió en cierto momento de la historia de ese lugar. No he dicho el nombre del pueblo, es cierto, sigo la voluntad de ella, y lo reservaré para mí.

Volví en cinco ocasiones más, y nadie contaba nada. Me llevó dos años de investigación saber qué había sucedido allí y tal vez descubrir el motivo por el que, aquel lugar había quedado yermo poco a poco, incluso de gente.

Ahora sé que la abuela Vicenta tenía una nieta; una muchacha de catorce o quince años que no dejaba indiferente a nadie del pueblo, ni por su belleza ni por su desparpajo, sin embargo, nadie recordaba su nombre, y tampoco lo encontré en los informes. La hija y su marido habían muerto cinco años antes en accidente de tráfico y tocó a la abuela hacerse cargo de la cría.

El bar en el que trabajaba Vicenta, del que era dueña, terminaba recogiendo noche tras noche a los noctámbulos o desocupados del pueblo. Y más de una vez, ella sintió la impotencia de deshacerse de ellos, resultando más complicado y difícil de lo que supuso la decisión de abrir aquel local para salir adelante.

No me extenderé en detalles. El local seguía abierto cuando las encontraron a ambas. La muchacha adolescente, desnuda en el suelo, había sido violada y asesinada, y Vicenta aparecía ahorcada sujeta por una cuerda de cáñamo de la lámpara.

Las muertes sucedieron el treinta y uno de octubre coincidente con la noche de difuntos, y probablemente, la violencia de los hechos, llevó a una situación extraña, y lo que debió de ser, es decir, permanecer muertos quedándose ahí en ese lugar del que no se regresa, no sucedió, o ella no lo aceptó.

Tampoco descarto, que ella tuviese pecados desconocidos o hubiese trasgredido expiación de una vida anterior. ¿Quién podía asegurar el origen de Vicenta, su vida, vivencias, o tal vez a quien pudo conocer?

Yo les aseguro que no puedo dejar de ver sus ojos azules cada vez que cierro los míos, y que el aspecto cambiante tras la puerta, al sonido del balanceo, me provoca un desasosiego que desvela mi sueño.

Pero regreso de nuevo a la historia.

Un año después del asesinato, la misma noche del treinta y uno, apareció muerto el primero de los cuatro. Se sabe con certeza que aquel hombre había estado en el bar. Seco como una corteza de árbol, consumido y con aspecto necrosado. La explicación forense había sido que un fuego le había dejado así y luego, posteriormente, alguien le habían arrojado a la calle. No hubo fuegos censados esa noche, y al ver las fotografías ciertamente deterioradas, concluyo que las llamas no dejan la carne de ese modo. Más bien parecía momificado.

Decidí visitar los lugares arrastrado por un impulso que no podría explicar. Allí, donde apareció el primero, sentí un aire frio que me hizo subir la chaqueta sobre el cuello, y tratando de construir una escena de hechos, me encontré con un testigo curioso: una muchacha adolescente que según ella, lo vio todo. Me sorprendió que parecía saber lo que yo buscaba y la explicación que me brindo sin yo pedirla, con todo lujo de detalles, me pareció de una imaginación extraordinaria, admirable para su edad.

, me dijo la muchacha, .

No la creí, mentiría diciendo lo contrario. Me despedí de la chica y seguí recorriendo cronológicamente el siguiente lugar, la segunda de las cuatro muertes. Llegué al banco de madera, de nuevo ese frio que caprichosamente coincidía con el lugar. Allí lo habían encontrado sentado. Nada particular que pudiera indicar algo extraño, solo un banco de madera situado al lado de una calle estrecha de adoquines oscuros y desgastados, cerca de la parada de autobús.

Seguí hasta encontrarme en el sótano donde habían encontrado al tercero, con el detalle curioso de que tuvieron que romper la puerta porque estaba cerrada por dentro. Sentí de nuevo el frio glacial que recorría esta vez sin viento todo mi cuerpo, y un olor desagradable a humedad. Salí deseando terminar mi propósito y llegué a la casa del último.

Lo habían encontrado en su cuarto, acostado en una cama con un rosario rodeando las manos. Parecía esperar el suceso, y en el informe al que pude acceder, su mujer decía que su marido estaba loco y obsesionado, de ahí que durmiera en otra habitación. La señora de unos cincuenta años y aspecto huraño, no me dejó entrar, y tampoco sentí el frio casual. Al volverme decepcionado por no poder cerrar mi particular investigación, me encontré de nuevo a la muchacha.

No le pregunté su nombre, pero me dijo que se llamaba Ana. Volví a pensar que me tomaba el pelo. La fantasía y el desocupo de una persona de pueblo, que había escuchado aquellas historias una y otra vez, y que ahora se encontraba con un forastero al que poder contárselas. Llamar la atención, sin duda. Eso fue lo que deduje y comencé a andar calle arriba en dirección al coche, alejándome de la casa, hasta que de nuevo… volví a sentir el frio atravesar mi cuerpo.

Me detuve en seco, justo en el centro de aquella calle de paredes enlucidas de mortero raído y colores perdidos. Miré a la derecha, ella seguía a mi lado.

El frio que no desaparecía, y el impulso me arrastró a su juego con cierta duda. Le pregunté cómo había sucedido, y lo más obvio, cómo había podido verlo si ni siquiera habría nacido por aquel entonces.

Me miró detenidamente y me extendió la mano. Pensé que era muy mayor para cogerla de ese modo, alguien podría pensar mal, pero seguía con la mano extendida y finalmente ella… sujetó mi brazo.

Sentí como su mano me quemaba y después el fogonazo de luz me llevó a la habitación. Podía verlo acostado, temblando de miedo, rezando el Padre Nuestro con el rosario en la mano. Ella entró a pesar de que la puerta estaba cerrada. ¿Te acuerdas de esa noche?, dijo la mujer de negro. El no respondió, cerró los ojos con fuerza, seguía rezando alzando incluso la voz que yo escuchaba: Dios te salve María, llena eres de gracia… Ella hablo de nuevo: he venido por tu alma, debes pagar por lo que nos hiciste. Entonces le sujetó el brazo, y yo sentí aún más calor en el mío, notando como algo me consumía por dentro. Aguanté, pero creí que caería muerto en aquella oscura habitación, luego, cuando la vista se nublaba, todo desapareció.

La chica ya no estaba a mi lado, y comprendí que era ella, la nieta de Vicenta. Ahora sabía su nombre: Ana.

Luego sin saber por qué, o cómo tuve el valor necesario, fue cuando la visité, en el número dieseis de la calle San Carlos.

Y como recuerdo de lo sucedido, solo tengo que mirar mi brazo.

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